miércoles, 14 de septiembre de 2016

Abrió sus pequeños pétalos y tomó conciencia de su existencia por primera vez.  
Aceptó su condición de inmovilidad y reconoció su belleza simple. 
Después miró más allá de si misma y vio lo gris que la rodeaba. Cemento, todo era de cemento y allí, justo allí donde se había roto el piso, su semilla encontró el espacio para ver la luz y así nació.
La vida no era mala. Tenía humedad, luz, pero estaba sola. Fue cuando pensó si habrá algo más poderoso que ese cemento que la aprisionaba, un ¿dios?
Y si pidiera mucho, ¿vendría a liberarla?
Así empezaron los dias de oración.
Una mañana al abrir sus pétalos se encontró con una montaña enorme, marron, donde salia una cabezota cuyos ojos bondadosos la miraban con atención.
¿Eres dios? - preguntó
-No lo se - respondió la tortuga. Se que soy, nada más.
-¿Puedes ayudarme? He pedido tanto, tanto...
-¿Ayudarte a que?
- A ser libre. Quiero liberarme de ese cemento que me aprisiona.
- ¿Estas segura? Yo no lo veo así. Veo un cemento generoso que se abrió para que pudieras salir al mundo.
-Claro, eso dices porque no estas atado a estar aquí para siempre.
-¡Que darías para salir de ahí?
-Cualquier cosa, ¡Hasta la vida! Es mejor que envejecer atada a ese mar gris.
- ¿Estas segura? - preguntó la tortuga.
- ¡Sí! Quiero ser libre.
-Pues hágase tu voluntad.
Y con mucha tranquilidad la tortuga comió la florcita.

martes, 12 de abril de 2016

LA CULPA LA TIENE EL PERRO



            El perro venia con su pasito por la vereda cuando le dio el retortijón. Ahí nomas, como perro no tiene vergüenza, vació sus intestinos y siguió viaje. Era demasiado temprano para que alguien lo viera pero a las pocas horas salieron las vecinas a barrer la vereda. Como todos los días empezaron con los saludos de siempre (a las vecinas les encantaba "cambiar informaciones de lo que sucede en el barrio"). Iba la segunda por su noticia cuando interrumpió el relato para decirle a la otra:
            - ¡Mira! Un perro le ensució la vereda. 
La vecina miró hacia abajo y dijo:
           - No, no es la mía. Es la suya.
          Claro, el perro había depositado lo suyo bien entre las dos casas y como pareciera estar medio descompuesto... ninguna de las dos quería limpiarlo.
           La discusión de a quien le correspondía la caca del perro fue creciendo de tono y las dos casi llegaron a los golpes. Cada una pensaba que la otra era una vividora al final, queriendo empujarle la suciedad de "su" perro.
          Entraron las dos, cada una mascando su rabia, y a partir de ese día evitaron hablarse. Ya no salían a la misma hora a barrer la vereda y a decir verdad, casi no hacían mas el aseo. La vereda empezó a quedar cada día más sucia. 
             Al mes, la caca estaba seca y desparramada. La vereda tenía un aspecto lastimero y los transeúntes al ver caca por el piso empezaron a reclamar que tenían que pasar por la calle para no pisar la porquería.
             La cosa llegó a tal punto que la municipalidad tuvo que intimar las vecinas por no mantener sus veredas.  Las dos llegaron a la citación a la misma hora. Cada una mirando al otro lado, sin cambiar ni una mirada.
             El funcionario municipal pidió explicaciones de porque tenían así sus veredas y las dos llenaron al funcionario con  una avalancha de palabras al que el hombre reaccionó con un "basta!!" y preguntó:
              - Al final, ¿de quien es la culpa?
            Las dos vecinas se miraron por primera vez, desde hacia mas de un mes y al unísono le respondieron:
              - ¡La culpa la tiene el perro!
          

jueves, 23 de julio de 2009

TODO SE RELACIONA



Se había ido del pueblo de joven. Llevaba esperanzas y para si misma reconocía el dolor del desarraigo.
Pero pasaron los años, trabajó, casó, tuvo hijos, realizó algunos de sus sueños, lloró algunos que se perdieron, fue feliz e infeliz, vivió intensamente y el tiempo y la vida la llevaron lejos, muy lejos, de aquel día de lágrimas de desarraigo, de su pueblo, de su idioma, de su gente.
El tiempo curte todo, incluso el recuerdo y el dolor.
Una mañana despertó como todos los días, desperezó, miró unos minutos al techo imaginando el día, se vistió, lavó los dientes y el rostro y desayunó. El tiempo había pasado y dejado sus marcas. Era una abuela, seria, asentada, con toda la señoría posible. Se contrajo un poco con el recuerdo que le tocaba ir a pagar las cuentas al banco. No le gustaban las colas.
Tomó su bolso y fue caminando a su tarea. Mejor hacerla temprano, cuando había menos gente y los malos tragos mejor tomarlos de una vez.
Pasando por el supermercado escuchó la canción que tocaban aquella mañana y la reconoció. Era una de las antiguas, de cuando vivía en su pueblo, en su idioma y mágicamente la llevaron a su juventud. Casi sin sentirlo, se erguió, abrió una sonrisa en el rostro y fue tarareando la canción al banco. No sintió el tiempo, no se dio cuenta de cuando pagó lo debido, solo se acordó de donde estaba cuando abrió la puerta de la casa. Entonces comprendió que era del pueblo, que siempre había sido del pueblo, que esa era su origen y de ahí salía el fuego de su corazón.
Se sentó frente al computador, buscó el Ares y entró a bajar todas las canciones que recordaba. Cuanto más las escuchaba, más joven se sentía, y más feliz. Junto con las canciones rescató recuerdos. “Esa la escuche cuando… y esa otra aquel día…. Oh, cuando lo vi estaba tocando eso…”.
Casi sin sentir se llenó de felicidad, de energía y desde aquel día ya no fue la abuela seria, sino que la joven alegre y así perduró hasta que Dios la llamó a cantar en el cielo, cuando tenía 90 años.

martes, 9 de junio de 2009

LA DRAGONA



Era la loca del barrio. De chica la veía deambular por las calles, muchas veces con la mirada perdida y otras tantas asustada, buscando en rincones.
Siempre vestía ropa suelta, regalada y vieja. Trapo sobre trapo en una eternidad de faldas y blusas. Arriba de todo un saco raído si era invierno y sus colores, todos los colores, incluyendo el pelo y la piel, eran sepias.
No molestaba a nadie y si no le hablaban no hablaba ella tampoco. Lo curioso es que solo se la veía de día. De noche desaparecía y nunca nadie supo donde iba a esconderse. No habían casas vacías en el barrio, ni terrenos baldíos, y nadie asumía el cargo de que le daba donde dormir. Pero infaliblemente, a las 6 de la mañana pasaba por mi puerta arrastrando unas latas vacías en un cordel. Primero nos enojamos, después nos acostumbramos y la usábamos de despertador.
Dicen que se llamaba Matilde pero si le gritábamos “¡Matilde!”, ni siquiera se volteaba a mirar. Sin embargo, los chicos descubrieran que si le gritaban “dragona” ella frenaba el paso, se daba vuelta, miraba largamente al grupo y después, sin decir palabra, volvía a su paso y a si camino sin cambiar rumbo. Por eso para todos ella pasó a ser la Dragona.
Crecí con la Dragona caminando por mis calles y me acostumbre a su presencia silenciosa a tal punto que prácticamente pasó a ser invisible a mis ojos.
De la infancia sobrevino mi adolescencia y con ella todas las tristezas que ocurren, incluyendo la primera desilusión amorosa. Como era muy sensible, fui siendo conocida como la llorona, porque eran más las lágrimas que las sonrisas en mis días.
Cuando murió mi papá mi desconsuelo fue mayor. La casa me parecía una prisión donde los recuerdos me oprimían y salí a la vereda, me senté sola, apoyada en la pared, y empecé a llorar. Salía de mi toda la pena acumulada en esos años, mas el dolor de la pérdida que para mi era como el fin del mundo. Lloraba silenciosamente, sin fuerzas, sin esperanzas. La gente pasaba pero acostumbrada a verme triste no paraba a preguntar. Daban por asumido que lloraba por mi papá y sentían la incomodidad de tener que decir palabras de consuelo. Así que solo pasaban.
Estuve así con mi pena un buen tiempo, hasta que una voz limpia, como de niña, me dijo:
- Es bueno llorar. Con las lágrimas salen todos esos parásitos espirituales que viven dentro de uno.
Asombrada por las palabras levanté la vista y ahí estaba la Dragona. Esta vez no tenía la mirada perdida, me miraba fijamente y con bondad. Abrí la boca de la sorpresa y no atiné a decir nada, así que ella siguió:
- Yo perdí a mi papá más chica que tu. ¿Sabes? Se lo llevaron los duendes. El salió a la noche y fue fatal. Yo nunca salgo a la noche. Pero durante todo ese tiempo he buscado a mi papá. Se que es prisionero de ellos. A tu papá lo llevaron las hadas. Lo vi. Eso es mucho mejor. El esta por ahí con ellas y seguro le van a dar alas. Tampoco las hadas son seres de la noche, ellas vienen durante el día y podrás ver a tu papá volando por ahí muy pronto. ¡Ya verás! Pero debes terminar de llorar. Los seres que salen en tus lágrimas son tristes y no dejarán que veas nada bello. Llora todo lo que puedas ahora, pero deja de llorar después. Limpia bien los ojos y empieza a mirar alrededor. Ahí empezarás a ver cosas bellas. Yo no pierdo la esperanza de volver a ver a mi papá pero me temo ya a estas alturas que se hizo duende y si es así ya lo he perdido para siempre. Pero tu papá se va hacer hada y eso es muy bueno. Ojalá el mío….¡0h! Allá va uno… me voy!
Y volvió a ser la Dragona, la perdida, que caminaba en silencio. Esa fue la única vez que la oí hablar. Pero increíblemente dejé de llorar. Lavé la cara, miré el mundo y empecé a ver las cosas bellas que me rodeaban, incluyendo el amor dadivoso de mi madre.
Ese día, con la Dragona, se me fue los rasgos de tristeza de mi adolescencia.
Un día la Dragona no apareció. Y así se sucedieron los días y ella no volvió a mostrarse por el barrio. Algunos niños y muy pocos adultos, incluyéndome a mí, empezamos a buscarla. Pero fue en vano. No estaba por ningún lado.
Fui a la morgue y a los hospitales cercanos pero nada.
La buscamos un mes y después yo desistí. Resolví creer que ella encontró a su papá y se fue con él, aunque hoy día creo que no. Ella era para las hadas. Seguramente está con mi papá, allá en el mundo mágico de ellas. Solo espero, algún día, poder también yo ir a ese mundo. Por las dudas y pro amor, siempre enseño a mis hijos a mirar la vida y ver lo bello. A que el amor da luz a todo y que vale la pena permitirse ser feliz.

miércoles, 27 de mayo de 2009

El agua mata



Pobre Juliana Mardones, tan joven y muerta a su corta edad. ¡Por culpa del agua. Un auto desgobernado cruzó el semáforo en rojo y la mató instantáneamente.
Juliana iba cruzando a pedir cambio en la estación de servicio. Necesitaba solo 850 pesos y tenía un billete de 10.000. Medio cansada, medio enojada y medio atontada, no vio que el auto no obedecía al semáforo y le venía encima. Eran solamente las 8 de la mañana. Hacía frio y aún no estaba del todo claro el día.
Juliana cruzaba la calle porque en la botillería no tenían cambio. Ella necesitaba solo 850 pesos pero a esta hora ya habían llevado la recaudación de la noche y recién empezaba el día. No había cambio para 850 pesos.
Juliana cruzó pensando lo difícil que eran las mañanas temprano. Casi nadie abría su negocio a esta hora. Si lo sabría. Ella venía del supermercado a la vuelta, que estaba aún cerrado. Miró el cartelito y allí decía “Abierto de 9 a 22 hrs.”. Esperar una hora era mucho, por lo que se recordó de la botillería y siguió una cuadra más.
Juliana había ido al supermercado porque tenía sed. Se había despertado con una sed de terror. Quizás por estar algo engripada y haber respirado toda la noche por la boca. Dormida una no se da cuenta.
Ella iba a comprar agua porque no había agua en la casa. Toda el área estaba sin agua por un desperfecto en la matriz. Dijeron en una nota que el agua volvía a las 7 pero se ve que fue más seria la cosa porque estaban retrasados y aún no venía el agua.
Juliana había esperado media hora. En verdad se había despertado a as 7:30. Pero no llegaba. Y la sed era mucha. Se puso un sobretodo sobre el camisón, unos calcetines, zapatillas y se fue al súper. Pero estaba cerrado y solo abría a las 9. Demasiada espera.
Por todo eso Juliana llego a aquella calle, cruzándola justo cuando un auto amanecido, manejado por alguien medio alcoholizado y con sueño, se topó con su vida. Todo porque tenía sed… ¿Quién dijo que el agua no mata?

Solo de paso



Pasamos por la vida de tantos y a veces tan fugazmente que no nos damos cuenta. Eso me ocurrió cuando vivía en Mendoza y salía en las mañanas a comprar. Invariablemente, pasaba por la puerta de Don José, un anciano de 92 años, ya bien malito, cuya esposa lo sacaba a la puerta en una sillita para tomar sol. Siempre le decía "buenos días", casi por inercia, una costumbre. Nunca dije más que esas dos palabras a Don José.

El tiempo me llevó del barrio, pero como tenía a una amiga viviendo allí, al mes volví a visitarla y pasé por la puerta de Don José que, más cabizbajo que nunca, estaba en su sillita en la puerta. Casi ni lo noté, apresurada en llegar a ver a mi amiga. Pero me alcanzó para los costumbreros "buenos días". Fue cuando me frené por sus palabras:
-¡Claro que son buenos días! Benditos ojos que la ven. Ya me hacía falta su "buenos días".

A pasos lentos llegué adonde mi amiga y le conté lo ocurrido. Nunca pensé que fuera tan importante para alguien un simple "buenos días" que me salían casi sin darme cuenta. Fue la primera vez que miré realmente a Don José y le pedí a mi amiga que, al salir a comprar, por favor le dijera "buenos días" por mí.

Hoy Don José ya no está, pero pasar por su puerta siempre me hace recordar que nunca pasamos en vano al lado de los demás.

martes, 19 de mayo de 2009

Pluma Roja



Pluma Roja era un indiecito muy alegre y juguetón que vivía en la tribu de los Muyserios. Su mamá todos los días se enseñaba cosas de la tribu y una de las más importantes era su plumita, que usaba en la cabeza con una huincha. Su mamá le explicaba:
-Plumita (así le decía de cariño) la pluma es lo que te da identidad de la tribu. Si la pierdes dejas de ser un Muyserios. ¡Nunca la saques!
Pero, como era muyyyyyy travieso, Pluma Roja siempre se la sacaba para ir a nadar en el río. Después muy erguido le mentía a su mamá que no la había sacado.
Pero como siempre pasa, un día en que fue a nadar en el río, Pluma Roja no vio un diablito que andaba por allí y confiado como siempre, se sacó la plumita y se metió al agua.
Tanto dale a jugar, no vio que el diablito se robó su plumita. Cuando salió del agua la buscó…. Y buscó…. Y buscó… y no la encontró. Ya empezaba a anochecer y Plumita tuvo que desistir y volver a su casa.
Cuando su mamá lo vio sin su pluma, empezó a llorar.
-¿Es que no sabes que ya no eres de la tribu? ¿No sabes que sin tu pluma tienes que irte? ¡Por los dioses que te avisé! ¿Por qué no me hiciste caso?
La mamá intentó convencer al jefe pero él, muy serio dijo:
-Indio sin pluma no es indio Muyserios y aquí no vive.
Por más que pidiera Plumita y su mamá no pudo seguir allí. Con mucho dolor, su mamá le hizo una mochilita con comida, le regalo un arco y flecha y se despidió de Plumita.
¡Pobre Plumita! Muy triste, arrepentido de sus andanzas, se fue hasta la orilla del río y mirando a los cielos rogó a los dioses que lo ayudaran. Que había aprendido la lección. Que jamás desobedecería a su mamá. Y así se durmió, acurrucadito en una piedra.
Lo que no sabía Plumita es que justamente un angelito andaba por allí y lo escuchó, así que fue detrás del diablito y le exigió la pluma de vuelta. A regañadientes el diablito la devolvió y el angelito, muy feliz, la puso al lado de Plumita que dormía, y se quedó allí, escondido, a esperar que se despertara, cuidándolo.
Con los primeros rayos de sol Plumita abrió los ojitos, los refregó y volvió a sentirse muy infeliz al recordad de su soledad. Se sentó y… ¡oh! ¡Su plumita estaba a su lado!
-Gracias gran dios de los Muyserios. Nunca más desobedeceré a mi mamá. ¡He aprendido la lección.
Plumita volvió a la tribu, con su pluma muy paradita de la huincha en su cabeza. Su mamá que había llorado toda la noche al verlo saltó de alegría. Las mamás siempre perdonan a sus hijos. Así que le dio un rico desayuno y lo llevó al Gran Jefe para que lo admitiera de nuevo… ¡y así fue!
Desde ese día Plumita fue el más obediente de los niños, aunque jamás perdío su alegría y sus juegos.