jueves, 23 de julio de 2009

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Se había ido del pueblo de joven. Llevaba esperanzas y para si misma reconocía el dolor del desarraigo.
Pero pasaron los años, trabajó, casó, tuvo hijos, realizó algunos de sus sueños, lloró algunos que se perdieron, fue feliz e infeliz, vivió intensamente y el tiempo y la vida la llevaron lejos, muy lejos, de aquel día de lágrimas de desarraigo, de su pueblo, de su idioma, de su gente.
El tiempo curte todo, incluso el recuerdo y el dolor.
Una mañana despertó como todos los días, desperezó, miró unos minutos al techo imaginando el día, se vistió, lavó los dientes y el rostro y desayunó. El tiempo había pasado y dejado sus marcas. Era una abuela, seria, asentada, con toda la señoría posible. Se contrajo un poco con el recuerdo que le tocaba ir a pagar las cuentas al banco. No le gustaban las colas.
Tomó su bolso y fue caminando a su tarea. Mejor hacerla temprano, cuando había menos gente y los malos tragos mejor tomarlos de una vez.
Pasando por el supermercado escuchó la canción que tocaban aquella mañana y la reconoció. Era una de las antiguas, de cuando vivía en su pueblo, en su idioma y mágicamente la llevaron a su juventud. Casi sin sentirlo, se erguió, abrió una sonrisa en el rostro y fue tarareando la canción al banco. No sintió el tiempo, no se dio cuenta de cuando pagó lo debido, solo se acordó de donde estaba cuando abrió la puerta de la casa. Entonces comprendió que era del pueblo, que siempre había sido del pueblo, que esa era su origen y de ahí salía el fuego de su corazón.
Se sentó frente al computador, buscó el Ares y entró a bajar todas las canciones que recordaba. Cuanto más las escuchaba, más joven se sentía, y más feliz. Junto con las canciones rescató recuerdos. “Esa la escuche cuando… y esa otra aquel día…. Oh, cuando lo vi estaba tocando eso…”.
Casi sin sentir se llenó de felicidad, de energía y desde aquel día ya no fue la abuela seria, sino que la joven alegre y así perduró hasta que Dios la llamó a cantar en el cielo, cuando tenía 90 años.

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